
Saramago dice: "Siempre se puede bajar un escalón más", y con esto sentencia a toda una humanidad que de no ser por 10 personas concientes en cada doscientos mil kilómetros cuadrados, como decía Fidel Castro, estaríamos hundidos en la mismísima mierda, como dijo Christopher Nolan en su última película.
Este espacio está dedicado a las personas que, según Alessandra Abate, colorean la vida a pesar de todo y es absolutamente necesario cantarles una canción de un grupo de pop de finales de los 90.
Vamos, ahora, más allá. La condena perpetua de describir al ser humano como un mamífero que se diferencia de los otros mamíferos por tener el telencéfalo altamente desarrollado y el pulgar oponente, como lo hace Jorge Furtado, es, entre otras cosas que no vienen al caso, una palabrota en la cara y frente a toda su familia a la esperanza de cualquier niño. No hay que diferenciar entre lo que tiene que ser una cosa y lo que debería ser, porque otorgarle el beneficio a la duda, desvirtúa las cosas y nunca van a coincidir la teoría con la realidad.
Hay gente que marca un margen entre las personas y no diferencia entre lo que son y lo que deberían ser, como lo hace Diomedea Iraóla, y esto es una clara negación personal a la realidad, lo que nos lleva, sin derecho a réplica, a las ya famosas pantomimas que algún día nombró Freud. Las maneras de engañarnos unos a otros imitando cuestiones de la realidad es darle la vuelta al asunto: No diferencio entre lo que debería ser y lo que en verdad, según lo que para uno sea verdad, es, y, aparte, con una cara bien seria y una actitud de pasota, imito esto para llevarlo al campo de lo que debería ser. Esto rompe, inmediatamente con todo sentido de la coherencia, es decir, ya nada tiene que ver con nada; de hecho, se corrompe tanto todo, que, quizás, lo que debería ser ya es una pantomima y nadie sabe, a ciencia cierta, como de la que habla Mary Antonieta, qué carajo es cada cosa.
Así que esperar algo, tener una idea de cómo es algo o simplemete tener una espectativa de algo, es la cosa más inútil que uno puede tener en el cerebro. Es mejor, entonces, conocer cada cosa todos los días, así, radicalmente, y me permiten darme el lujo de pedir que respeten mis radicalismos, como dice Héctor González, para que se den cuenta que viéndolo así sólo nos queda volvernos un cassete regrabable y cada día resetearnos a todo un proceso de reconocimiento y memoria, que nos da nuestro telencéfalo altamente desarrollado y que, por ende, nos vuelve humanos, y por ser humanos nos condena a la pantomima creada por la malacostumbre de no diferenciar lo que debería ser y lo que de verdad es y así, radicalmente, como mi petición, estar a un paso siempre de bajar un escalón más.